Por fin pudo levantarse. Ella no quiso mirarlo porque en el fondo sabía que él tenía la razón, ella lloro mientras él se daba la vuelta, y sin decir ni una sola palabra de más, él se marchó, ella no lo siguió, pues ya había elegido perder al hombre que locamente amaba. El solo podía pensar en una cosa, en ella, Mientras que, ella solo podía pensar en ella misma.
Así fueron pasando los meses, y al cabo de dos meses y medio, él estaba en su lecho de muerte, ya no quería seguir vivo, perdió toda clase de esperanza en su vida, ya no le quedaba razón alguna por la cual vivir, y lo que fue su todo, su vida propia, se desvaneció por culpa de este amor imposible. Un amor impuro y ajeno que destrozaba brutalmente el alma de estos dos jóvenes, mientras aceptaban que la vida propia les negó el amor desde el momento de su nacimiento. Ambos sabían lo que pasaría si seguían estando juntos, cada uno sabía que su familia no se lo permitiría, pues los dos eran primos hermanos, que por cosas del destino se encontraron en el momento exacto para conocer cada uno al mismo tiempo al amor de su vida.
Pues antes de que todo esto que sucediera, ellos estaban profundamente enamorados el uno del otro, motivo por el cual él estaba totalmente ciego ante su maldita realidad en la que no podrían estar, ella en cambio estando consiente de lo que cometían al amarse siendo familiares cercanos, cometiendo impurezas amargas con ruines pecados. Ignoro el amor de su amado para así hacer lo correcto sin importar cuantos pedazos del rompecabezas de amor se juntaran entre ellos dos, ella sabía que tanto él como ella morirían en vida al perder su perfecto pero imposible amor.
Ella le digo que ya no lo amaba, que ahora a otro pertenecía su amor, motivo por el cual él se desplomo en suelo a raíz de un pre infartó causado al romperse su corazón, cayo tendido en la fría baldosa.
Luego despertó y seguidamente aun estando en el suelo, gritaba diciéndole a ella que lo decía era mentira, que ambos debían amarse así con ello se ganaran un infierno, que la vida no se repite y por eso él estaba dispuesto a perderla estando junto a ella, él le decía que ella más que nadie sabía que ambos se pertenecían incluso más de lo que la vida le pertenece a la muerte.
Ella renegó y le respondió diciéndole que nunca había estado enamorada de él, que todo el tiempo que había pasado, que todo el amor que ella había entregado, en realidad había sido una farsa total, que ella solo quería tener a alguien que la amara por el momento, y que todo el tiempo ella lo estuvo utilizando.
Ante lo que ella estaba diciendo, él solo reía sarcásticamente, y con lágrimas surgiéndole de sus ojos junto a un nudo en su garganta, le respondió: “sé que todo esto lo estás haciendo por el que dirán”.
Diana Astaiza Caicedo
Por fin pudo levantarse. Ella no quiso mirarlo. Sabía que el reloj no sería una fuente confiable así que evitó a toda costa pasar su mirada por la pared en donde este se encontraba; con un movimiento rápido se sentó sobre la cama e inmediatamente sintió un calambre en su estómago, comenzó a sudar, se levantó y atravesó con angustia la habitación hasta llegar al baño, abrió la puerta y la escena que vio a continuación hizo poner en duda la realidad que estaba viviendo… La llave del lavamanos estaba abierta y dentro se encontraba un humanito desnudo, nadando boca arriba, era tan pequeño que su cuerpo luchaba constantemente por no hundirse lo suficiente como para caer dentro del sifón, pues de ser así atravesaría sin problema el pequeño y oscuro orificio. Absurda era la situación pero no hubo tiempo para cuestionamientos pues su estómago se retorció una vez más entonces entró al baño, se sentó en la taza y esperó… Cuando estaba por sacar hasta el último pedacito de dolor fuera de su cuerpo un sonido extraño captó su atención, alguien cantaba en la bañera pero las cortinas no le permitían ver con claridad lo que sucedía dentro. Limpió su existencia y con sigilo procedió a resolver la incógnita; se trataba de Hitler usando un gorrito de baño rosa mientras cantaba “Livin' la vida loca”, pero justo antes de que pudiera reír la alarma hizo que abriera sus ojos sin darle tiempo de despedirse del loco alemán, de su bigote o del diminuto ser que nadaba con tanto placer.
Por fin pudo levantarse. Miró el reloj que marcaba las 7 de la mañana y solo hasta ese entonces comprendió que su experiencia había sido el resultado de una fiebre, fiebre producida por una gripa que había ganado dos días antes en un transmilenio. Todo sucedió cuando bostezaba y a su lado un niño contagiado, que iba para el médico, estornudó y le regaló, sin quererlo, la mejor de las alucinaciones o quizás la peor de todas. Finalmente la realidad real retomó el curso de su vida. Ya no estaba enferma, ya no tenía fiebre ahora se encontraba sola en su habitación, ya no corría agua por la llave, no había señal de calambres ni en su estómago ni en ningún otro lugar de su cuerpo. Así que por fin decide despegarse de su cama para lavar su cuerpo, vestirlo y realizar la faena diaria de subirse al bus rojo de tres o más vagones el cual apesta casi siempre a perro mojado. Esta vez espera no bostezar bajo ninguna circunstancia o evitar a toda costa sentarse junto a niños infecciosos.
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